martes, 19 de enero de 2016

Teatro de magia y generación del 27

Hoy en el salón de actos de la Compañía de María nos hemos reunido para ver la obra de teatro de Ricardo Frazer.

Ricardo Francisco Piscitelli Frazer es actor, mago, director, mentalista, ilusionista, profesor, músico, cantautor y creativo de la robótica aplicada a la ingeniería del entretenimiento y la magia.


Nació el 15 de marzo de 1960 en Argentina.

Los autores que encarna son: Antonio Machado, Salvador Dalí, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Miguel Hernández y León Felipe.





Me ha llamado la atención su habilidad para cambiar de personaje.





La obra no ha cumplido todas mis expectativas ya que al trabajar sobre Ricardo Frazer en clase daba la impresión de estar hablando de una futura actuación muy seria que nos haría reflexionar, crear y sentir. Sin embargo a la hora de verlo daba más risa que otra cosa y no sé si ese era su fin. Teníamos entendido que Ricardo hace reflexionar a los jóvenes estudiantes pero a la media hora solo recordaba dos partes: la magia y el momento en el que recitaba "Mi primer poema" de Pablo Neruda. Esta última captó toda mi atención mientras que en las demás no llegué a entender todo lo que decía.

Aunque no cumplió todas las expectativas me llevo un buen recuerdo.


Mi primer poema, de Pablo Neruda.

 Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con  ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban... Los  cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua.  Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos. 
 Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el  mundo, el cisne cuello negro. 
 Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico  anaranjado y los ojos rojos. 
 Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur. 
 Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la  garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a  comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba.  Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. El nadaba un  poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y le indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por  donde se deslizaban los plateados peces de sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia. 
 Así cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande  como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las  musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo  en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se  desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante  cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren. 



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